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LALO ERRECALTE


EL SEÑOR DE LA NOCHE

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Y llegó el final. Un final prácticamente anunciado; al menos, previsible.
De tanto hundirse en la noche, una, ésa, fue la última. Su última noche. La noche de la Verdad. Quedó atrapado en ella, enredado en sus insondables vericuetos, sin siquiera luz de luna para orientarse e intentar encontrar una salida. Sin tiempo para despedirse.
Aunque……., creo que hace rato se venía “como despidiendo”; como “actuando” o “accionando”, para que su ausencia se fuera asumiendo de a poco.Un tanto como para que nadie notara que ya no estaba, que había sido subsumido por la esencia, absorbido por la materia.

Así murió –sin dramatismo ni estridencia-, el entrañable “Lalo” Errecalte, ese inconfundible “Señor de la noche”. En silencio; ……en soledad,…. como para no molestar a nadie, ni aún ¡¡NI AUN!!! en su instante final. Se tiró sobre la cama, como para dormitar un rato, como haciendo tiempo; como tomándose un resuello para encarar otra noche agitada. Como pidiendo perdón por todo, hasta por su particular forma de irse. Hasta en ese momento crucial, se dio el “lujo” de “sellar” su peculiar personalidad. Hasta en ese momento único dejó su inconfundible rastro distintivo.
En tres registros o “Diarios” imaginarios debería compendiarse su vida: el de los Amigos, con páginas llenas de incontables nombres y apellidos, alias y seudónimos; el de los enemigos, totalmente –primorosamente habría que decir-, en blanco, virgen de todo registro, y el “Diario Íntimo” (ese que escribía en el mas profundo socavón de su impenetrable conciencia), absolutamente secreto y vedado a todos y al que solo él podía tener acceso, tal cual corresponde a su irrenunciable condición de caballero y andante.

 

Potencialmente, pudo haber sido muchas cosas, como cualquier individuo. Pero –como cualquier individuo-, hay un destino prefijado imposible de prever, un designio misterioso que solo se va develando en cada instante que se va viviendo. El resultado de cada momento nos hace ser “eso” que somos. O que llegamos a ser. Es allí donde aparece el segundo y último bautismo: la calificación, la jerarquía, la valoración –o la denominación que quiera darse-, a “eso” que terminamos siendo en la consideración de nuestros contemporáneos –o de la sociedad si se quiere, o mas precisamente de nuestra “circunstancia”, y que es el resultado de actos y conductas observados durante la vigencia que hemos tenido en tiempo y espacio, en el momento “histórico” de nuestra presencia material en este mundo.
Pero hay casos donde la conclusión es unánime. Y nadie discute ni duda que Lalo alcanzó una jerarquía, una calificación, un rango, que no cualquiera posee: haber sido un personaje.



Y eso fue: un personaje indiscutido de la noche santarroseña, querido, protegido y considerado por todos. Y para llegar a eso, hay que reunir ciertas condiciones. Porque no cualquiera llega. Y no cualquiera paga el precio que hay que pagar por ello.
Perteneció a un linaje poco frecuente. De allí que su ausencia provoque dolor. O para que no resulte ofensivo a su memoria, para un tipo que nunca hizo daño a nadie, su ausencia provoca nostalgias y tristeza, pero también comprensión y cálidos y emotivos recuerdos.
El “Señor de la noche” se ha ido. Se ha ido el Personaje. Quedan sus anécdotas, sus canciones, sus gestos, sus dichos, sus ocurrencias….Queda una silla vacía en derredor de la rueda….; la espera infructuosa de su llegada……Pero él vuelve en el silbo del viento, en el crepitar del fuego, en cada guitarra y en cada canción, noche a noche, duende bonachón brincando a cada luna, pa´ que la noche no se termine y sigan brillando las estrellas.

Buby García Córdoba


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