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Los Liébana


Historias de vida

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Don Liébana después comenzó a trabajar para el ferrocarril.

-“ Cuando muere don Luis le ofrecen a papá ser changador. Repartía  las encomiendas. Visitaba casi todas las cocinas del pueblo. Los ferroviarios fueron sus amigos, muy buenos, de confianza para nosotros. Cuando hacían asado le mandaban a mamá. Papá compró un charré y un caballo. Las mulas quedaron para la casa. También lavaba en la estación la jaula de las vacas por $1. Por pedido llevaba leña al pueblo. Los Arteaga, los Diez que tenían leña y carbón en la estación le regalaba a papá para casa. Doña María, casada con Arteaga venía acá y tomaba mate con mamá a la sombra. Muy buenos fueron los ferroviarios, siempre. Tejerina, Minardi lo quisieron mucho a papá”.

-“Trabajó mucho mi papá.
Para hacer éstos tristes ladrillos hicimos ham-bre, ham-bre”.

( La  voz de Vicenta se quiebra,
 y las lágrimas brotan
con la fuerza de un recuerdo que está latente en sus arterias).

 

Hay una frase que repite una y otra vez Vicenta :
- “Mis padres eran buenos, y  honrados”.

Recuerda que una vez Perón había mandado a Toay  muchas cosas para repartir entre la gente necesitada. A don Liébana le ofrecieron colchones, botines, ropa; el no aceptó, pensando que había otros más necesitados, aceptaba lo que sirviera para los animales. Finalmente sábanas, ropas, etc. quedaron en manos de gente no necesitada.”Los ricos se quedaron con todo”.

Trae a su memoria que una vecina le decía que sus padres primero atendían a las mulas, les daban de comer y los bañaban, y después comían ellos. Ella le dijo con orgullo que sus padres cuidaban a los animales porque ellos los ayudaban a ganarse la vida dignamente, a traer el pan a la mesa. ”Mamá tenía una pileta llena de agua fresquita para bañar los animales con papá. Recién cuando terminaban iban a comer papá y mamá”.
 -“ ¡ Ñata…!.¡Bonita...! Mamá las llamaba por el nombre a las mulas. Papá se las había comprado a Vélez.”

Tres hijos tuvo el matrimonio de Francisco y Ramona: Vicenta, Rudesindo e Irene.

“Comíamos zapallo, huevos. Puchero y guiso, puchero y guiso. Para nosotros mataban las gallinas o gallos viejos. Los pollos había que venderlos . Todo era muy pobre. Tomábamos  mate cocido”

“ A las dos de la mañana se levantaban para hacer los surcos. Una vez papá nos mandó, a mi y a mi hermano, a plantar ajo. ¡Nosotros no dábamos  más!.Hicimos un agujero y metimos los ajos ahí….En los surcos no nacía…¡ y cuando los ajos nacieron allá!...Papá nos quería agarrar. Cosas de chicos...” ( El recuerdo está intacto en su sonrisa, en sus manos que se mueven inquietas).

- “A la tarde teníamos que juntar leñita para la cocina económica. Mamá tenía mucha leña, la hachaba ella. Ese día nos mandó a cuidar a las mulas y al caballo.
 - ¡ Cuidadito con ir a sacar uva a lo de Bassi y menos a lo de Arregui, no me toquen un membrillo. Pero las mulas se fueron por otro lado, y justo había una quinta llena de sandía. Con mi hermano  partimos una  y nos pusimos a comer sandía debajo de una planta, meta comer y comer. El dueño, que le alquilaba a Moretto, le fue a decir a papá…Y vino papá sacando el cinto. – Se me han venido a quejar que estaban comiendo sandía. Nos metimos en lo de Videla para que no nos pegaran. Cuando llegué a casa me escondí debajo de la cama.”

( La estampa de don Liébana ha quedado en el recuerdo de tantos
que pintan esa imagen
que retorna una y otra vez :
él, su carro y sus mulas ,
y las interminables charlas del amigo de todos.
Un evocación que vuelve cuando se menciona su nombre).



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