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Se fue un “histórico” de Toay



LA ULTIMA CARTA: UNA ENTREGA PERSONAL
a José “Pepe” Antoci.


Se venía quedando solo. El grupo íntimo de sus amigos se había ido desgranando lenta e inexorablemente. Aquellos que formaban ese “elenco estable” que se integra –natural y espontáneamente cuando se llega a adulto-, iba perdiendo a sus miembros, uno a uno.
Relaciones de la infancia y la juventud que se fueron yendo del pueblo, seguían en contacto con él. Tuvo la gran virtud de estar siempre en contacto, de saber de unos y de otros. Es que resultaba imposible quebrar la relación con él, pues hizo gala y honor a ciertos principios y sentimientos con que –los de su época-, eran “sellados” desde la mas tierna edad. El era algo así como un sobre cerrado y lacrado, cuyo contenido –como el de una carta-, debe ser guardado celosamente y entregado –sin hurgar en su interior-, a su destinatario. Una suerte de sino, que acompañó su vida y su trayectoria de trabajador postal. Nadie mas indicado para la tarea del Correo; nadie mas identificado entre su vida de relaciones –familia; amigos; instituciones-, y sus labores cotidianas. Es que él mismo era una carta, cuyo contenido solo estaba expuesto a quienes depositaban en él sus penas, sus alegrías, sus confidencias. Solo quienes escribían esas líneas podían leer y releer y re escribir estas “memorias”.
Aníbal Giudice; el doctor Julián A. Muñoz; don Juan Bidegain; don “Benaco” Arroyat; don Pedro Tallade, José Maraschio; “Pocholo” Guido......, algunos nombres de esa clásica y peculiar “patota” educada, sobria y respetable –tal vez la última-, de la que formaba parte, y que Toay contemplaba casi a diario compartiendo charlas, comidas, café, mezclados con vemouth, gancia y alguna partida de truco, donde las risas y la jocosidad de la rueda congregaba a mas de un curioso espectador. Es que........., daba gusto verlos juntos.......
Con “Pocholo” Guido la amistad rayaba en la hermandad, donde la calle o el salón de la peluquería eran ámbito espacioso y suficiente para el encuentro, la charla, la remembranza. Durante décadas compartieron cargos en distintas comisiones de la Asociación Italiana. Y ni que fueran mellizos: infaltables a los actos de la plaza, en todas las fechas patrias.
Un día este amigo adelantó la partida y pareció como que la soledad se había metido ya muy dentro suyo, dejando espacio solo a los recuerdos y la nostalgia. Esa pesada carga ya venía siendo un duro lastre que sobrellevaba tras enviudar, y que si logró sostenerse fue gracias a su círculo familiar donde su hijo y su progenie, como así la de los amigos, tendieron un manto protector a su alrededor, al que llenaron de afecto y calor.
Su partida deja al pueblo sin un testigo ocular de múltiples acontecimientos, producidos por espacio de ocho décadas; de una página viviente de épocas pasadas; de un “trazo” fotográfico de hechos, personajes y circunstancias irrepetibles, que su memoria condensaba y atesoraba con sello singular, y que entregaba al ocasional interlocutor sin cargo, sin dobleces y sin costo adicional.
Perteneciente a una de las familias mas antiguas y conocidas de Toay, ingresó joven a Correos, destacándose por ser un celoso cancerbero de toda correspondencia confiada a su responsabilidad. Tras los bronceados barrotes, cartas, telegramas y encomiendas entraban, salían y se registraban con prolijo y eficiente cuidado. El reiqueteo del sello sobre estampillas y recibos garantizaba una seriedad de servicio que no necesitaba de ningún otro aval. Así de sencillo.
El último 4 de agosto José Luis (“Pepe”) Antoci, un “histórico” de Toay, partió a entregar la última carta que había sido encomendada a su cuidado. Sus destinatarios –amigos y familiares que precedieron su viaje sin retorno-, aguardan su llegada para releer memorias y recuerdos y compartir –como durante tantos años-, la mesa amiga a la que faltaba aún que un último y distinguido parroquiano ocupe la silla vacía.
Era tan preciosa esa carta, que solo admitía entrega personal. Recién –con este último remito-, cuando ya no quedaban mas destinatarios ni remitentes, “Pepe” ha cerrado para siempre las oficinas de su querido Correo.


                                                                                Raúl E. García Córdoba
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