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Dora Bracamonte de Albores


Un recuerdo cargado de afecto


UN PIANO TOCA A SILENCIO
Testigo invalorable de una época rica en hechos y personajes de Toay, su salud se resquebraja rápidamente en pocos días. El año –breve como todo año-, estaba en su etapa final y ya en el umbral del siguiente, decidió llevarse para siempre a “Porota” Bracamonte.
Hija de aquel recordado e inquieto don Rufino, inspirador fundamental del primer intento de club en nuestro pueblo –al que denominara Gimnasia y Esgrima-, y de doña María, esa infatigable francesa que sirvió con eficiencia y rectitud al
Correo, tejió desde la infancia amistades entrañables que solo la muerte podía quebrar. Las distancias no fueron nunca obstáculo para que el contacto se perdiera, frecuentando tantas veces como pudiera a sus relaciones de Toay y Santa Rosa –donde residiera las últimas cuatro décadas-, como la de aquellos que se establecieron en otros puntos del país.
Incansable lectora hasta el epílogo de su vital, dinámico y multifacético paso por este mundo, la música fue una de sus mas grandes y elevadas pasiones. Excelente pianista, profesora del Conservatorio Fracassi, dictaba clases particulares donde muchos incursionaron –debo incluirme-, en los misterios y la magia del pentagrama y el “martirio” de la Teoría y el Solfeo.
Una vieja máquina de escribir –no tan desactualizada en las décadas del 40 y del 50, permitieron a muchos aprender o mejorar dactilografía, que por esos tiempos abría las puertas a un trabajo administrativo.
Incursionó en la docencia, la política –fue diputada provincial-, y el comercio. En Toay –al morir su padre-, continuó por varios años con la distribución de diarios y revistas. Ya en Santa Rosa, fotocopiar planos era sinónimo de Casa Albores, sobre calle Sarmiento, “a la vuelta” de la Pellegrini.
En el firmamento del hogar formado con Roberto Albores, sucesivamente y hasta completarse, tres estrellas –sus Tres Marías: María Ida, María Clara y María Gloria-, destellaron con brillo particular en torno a las cuales giraron sueños e ilusiones. Después vendrían los nietos para formar así la gran galaxia de la felicidad familiar.
Con un mensaje siempre optimista, con una sonrisa permanente en el rostro, con una anécdota lista para cada ocasión, animaba placenteras reuniones con sus innumerables amistades, poniendo proverbial humor y su mejor talante. Siempre atenta y cordial; siempre dispuesta a tender una mano, cargaba en la mochila de su envidiable memoria, una inacabable secuencia de hechos y personajes –verdaderas estampas toayenses-, que transformaba en pinturas habladas muy vívidas, atrayentes y atrapantes.
“asdefg ñlkjh” era el primer ejercicio de dactilografía que se practicaba en una máquina de escribir que se detuvo unos instantes, incrédula por su ausencia.
Pero el piano es quien más sintió el golpe. Ni escalas, ni “María Luisa”, ni “La Firmeza”, ni “La Cumparsita”; ......ni obras clásicas ni populares.......; solo hay una partitura sin claves, sin redondas y semifusas, sin bemoles ni sostenidos.....
El teclado de un piano, que se ha quedado sin sus caricias, ha tocado a silencio en su memoria. Las cuerdas semejan mustios torrentes de lágrimas, vibrando sin sonidos en un arpegio inacabable. Cuando recupere su voz, una melodía suave y lánguida trepará hasta esa dimensión donde ahora habita, llevando la impronta de ese espíritu sensible y bondadoso que cultivó y adornó toda su existencia.
Desaparece una entrañable vecina.


Raúl E. García Córdoba



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