Historias vivas de pueblo

CUANDO EL MAGISTERIO ES UN SACERDOCIO
Francisco H. Rodríguez Revizzo


Un enorme territorio abrió sus fauces vírgenes y ávidas finalizada la Campaña del Desierto. Al asegurar miles de leguas cuadradas al patrimonio de la Nación, se cerraba un ciclo y comenzaba otro. Y todo estaba por hacer.
La clase política argentina de finales del siglo XIX y comienzos del XX, sostenía aquellos principios enunciados por pensadores de la época, que priorizaban temas como poblar y educar. El “gobernar es poblar” de Alberdi encontraba campo de aplicación práctica en la década del 80. Precisamente de poblar se trataba en forma imperiosa las nuevas y duras latitudes.
A medida que fueron naciendo las poblaciones, el segundo gran tema –educar-, requería de maestros para las flamantes escuelas y las que habría por crear.
En el caso de La Pampa un número importante llegó desde San Luis, provincia ésta que contaba con Escuela Normal. Podría decirse que existió una suerte de “corriente inmigratoria de docentes” desde la ciudad “de la Punta de los Venados” a nuestra hoy provincia. Varios de esos maestros puntanos dictaron clase en Toay.
Con el correr de los años la carrera docente tuvo su propio ámbito de desarrollo en La Pampa, al crearse la Escuela Normal en Santa Rosa. La demanda local pronto fue satisfecha. Entonces –todas las escuelas de La Pampa; Neuquén; Rio Negro; Chubut; Santa Cruz y Tierra del Fuego eran nacionales-, el clamor del sur por maestros tuvo eco en nuestra hoy provincia.
Varios docentes recién recibidos marcharon hacia la cordillera. Algunos regresaron años después, trasladados o jubilados, a sus lugares de origen. Otros se prendaron de esa Patagonia indescriptible y mágica, y allí se establecieron para siempre.
Francisco Humberto Rodríguez Revizzo pertenece a este último grupo. Sin cortar ni perder jamás vínculos afectivos con su Toay natal consagró toda su fuerza, voluntad y vocación a su tierra de adopción.
Como sintiendo un llamado secreto, cursando la primaria comenzó a coleccionar recortes sobre la actual provincia de Neuquen. A los 20 años llegó allí a cumplir con su servicio militar.
Un sino misterioso guiaba su destino. Estando allí fue que –flamante título de docente bajo el brazo-, arropado de ilusiones y de sueños, con toda la fuerza y la convicción de los años jóvenes, solicitó a Educación ser enviado a la cordillera. Y en un lugar llamado La Salada, cerca de Chos Malal, en una Escuela que llevaba el N º 66, asumió por vez primera su compromiso con el aula. Después vendrían Cayanta y mas tarde la 17 de Taquimilán, siempre como personal único.
En esos puntos tan alejados, la realidad marcó a fuego su espíritu. “Lo que me conmovió en aquel momento fue el hecho que los niños no estaban tan ávidos de aprender, sino ávidos de comer”, dijo en una entrevista periodística editada el 9 de diciembre de 1992. Su determinación creció ante el dramatismo del medio en el cual debía impartir enseñanza.
Las distancias en esos parajes se recorrían a caballo y los edificios escolares..... eran ranchos. A todo ello se enfrentó el maestro.
Acariciaba el sueño de dictar clase en Trailatue, pero la superioridad fijó su nuevo destino en Añelo y hacia allí debió mudar sus petates. Al llegar, la escuela se había quedado sin alumnos y había que trasladarla. La construcción donde se estableciera –un rancho-, contaba con dos aulas y una cocina que oficiaba de dirección. Y una matricula de 90 chicos, que obligaba –por un solo sueldo-, a trabajar mañana y tarde. Es que en aquellos tiempos se era maestro a tiempo completo. Hasta las entrañas estaban consagradas al magisterio. Se era maestro a tiempo completo y a cuerpo entero.
En tanto, entre viaje y viaje –en las vacaciones se volvía al hogar paterno-, el noviazgo pueblerino cristalizó en matrimonio y un día el viaje de regreso “al frente de combate” no fue en soledad. A su lado –tan radiante y plena como él-, viajaba Irma Ofelia Tamborini, también toayense. De esa unión nacería una hija a la que los años –la sangre, la herencia y la propia vocación-, consagrarían también como docente.
En 1948 había arribado a Vista Alegre, donde dejaría un sello indeleble que el paso del tiempo no solo no ha podido borrar, sino que se encargó de estampar su nombre en letras de molde, como homenaje y recuerdo a su tesonera labor.
Francisco concluyó un día que la construcción que albergaba a la Escuela no era digna de un Magisterio tan alto como es el de la Educación. Con la determinación de un elegido, con la fuerza que da la vocación, con la fe que otorga la convicción, arremetió –inédito Quijote toayense- lapicera de pluma en ristre contra los molinos y los vientos de la indiferencia, montando en el rocinante del pampero, guardapolvo blanco mutado en coraza áspera de corteza del calden como armadura. Hasta que logró el milagro: el desierto –el de la geografía y el de los hombres-, dio una nueva flor con matices propios; un nuevo faro irradiando luz a los navegantes perdidos en la obscuridad de la ignorancia: la Escuela, su Escuela era una realidad.

Raúl E. García Córdoba "Buby" - febrero de 2005© soydetoay

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