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OLGA OROZCO





                 Cuanto más grande el pájaro, mas alto su vuelo. Cuanto más alto su vuelo, mas difícil distinguir cada rasgo distintivo de su colorido y misterioso plumaje. Para poder conocer a esa ave, habrá que alcanzar su altura y seguir su vuelo, o aguardar que se pose y poder a él acercarnos. Si difícil es seguir su vuelo; si difícil es acercarse al ave, mas difícil aún es saber qué piensa y qué siente.
                 El poeta es un pájaro, cuyas alas invisibles hacen que cobre vuelo y altura. Sus escritos, la rama donde se posa y reposa. Así podremos descubrir sus facetas; alcanzar y seguir su vuelo; acercarnos y detenernos en su rama sin perturbar su libertad. Pero, a diferencia del ave, también podremos hurgar en su vida interior. Intentar, al menos, saber qué piensa y qué siente. Porque, a diferencia del ave, el poeta –con solo una pluma para volar-, posee intelecto y espíritu, pilares donde se asienta su poder creativo y así poder expandir su genio y su ingenio, por el territorio ilimitado de la imaginación y de los sueños.
                 Todo tiene un punto de partida, un lugar exacto donde la punta del hilo empieza a desovillarse, para comenzar a tejer la intrincada aventura de la vida. Partimos, pero siempre atados a la madeja de los recuerdos. Somos el árbol que crece, con su copa cada vez mas lejos de la superficie. Pero con raíces cada vez mas aferradas y hundidas al suelo, alimentando de nutrientes genuinas la savia cada vez mas ávida y necesitada de las sales originales.
                 Partimos sin jamás habernos ido.
                 Un tanto, esto ha sido Olga Orozco: un duende permanente rondando la vieja casona natal; el jardín.... y el médano blando devorando y eternizando su rastro niño, como en un ritual sagrado y premonitorio. Tal como ella misma escribiera en: “Quienes rondan la niebla”:
“....................la niña eterna,
la piadosa y sombría niña de los recuerdos que
contempla borrarse una vez mas,
bajo los desolados médanos,
la casa abandonada, amada por el grillo y por la
enredadera;......”
                 Ya no mas, como se angustiara en: “Para Emilio en su cielo”, haciéndola decir:
                 ”.....¡Que sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes,
tu morada de hierros y de flores!”.......
                 Porque desde ahora, como en ese mismo poema, Olga Orozco podrá escuchar sus propios versos donde expresa:
“......otra vez.......
el roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer”.
Porque –y repitiendo sus mismas palabras-, hoy podemos decir:
“Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente nombre que abandonó tu mano entre las
piedras;
el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el mismo jardín donde la hierba canta todavía.......”
                 Y las plantas, que no la hierba, cantarán en el jardín. Y la casa ya no será solo recuerdos. Será el templo vivo, donde su voz, -peculiar, grave y definida-, se multiplicará en otras voces; donde su obra se recreará en cada lector; para que el ave siga su vuelo alto, transmutado en quienes quieran horadar en su arte excelso; para que la niña duende se transfigure y corporice, perdurable y real, en relámpagos inacabables de eternidad, acariciando pétalos de magnolias; escuchando el grito de la abuela; besando los rostros amados, en esa dimensión donde el tiempo no existe, porque forma parte de Dios.
                 Aquí está su casa y en ella, ella. Para siempre. Aunque de ella jamás se fuera. De la que de ella, jamás se irá ya. O –para cerrar-, como ella misma dijera:
“....Madre, madre,
vuelve a erigir la casa y bordemos la historia.
                 Vuelve a contar mi vida”.-
                                                                    Raúl E. García Córdoba



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