CUADROS DE UNA EXPOSICIÓN
Por: Rodrigo Fernández





El Cine Español



Allá por los años de la historia, las imágenes animadas del cine atrajeron al público hacia un arte nuevo, ubicado mas cerca del consumo popular que el teatro y en una onda mas culturosa que los bulliciosos bailes domingueros.
La Sociedad Española de Socorros Mutuos de Toay era propietaria de un importante local social para reuniones, que fue utilizada como sala cinematográfica en una época en la muchos nos iniciamos como espectadores de las rosadas historias de la pantalla de entonces.
El equipamiento técnico no era precisamente un dechado de perfección, de manera que las proyecciones tenían sus altibajos. El encargado de pasar las películas era una simpática persona de apellido Tamborini de apodo Pedrucho, artífice de cuanto significara electricidad en el pueblo, desde una plancha doméstica en corto circuito hasta los resoplantes generadores de la usina local con su cablerío correspondiente. Las funciones de cine resultaban en ocasiones, un tanto complicadas. Como se disponía de un solo y único proyector, era necesario interrumpir la película entre el final de un rollo y el comienzo del próximo, lo que significaba contabilizar un gran número de intervalos. En ciertos casos y en virtud del apuro o de los nervios, los rollos se pasaban tal como venían en las bolsas sin verificar el orden de continuidad. Si alguna mano traviesa o descuidada lo había alterado, el subsiguiente desaguisado fílmico permitía que algún actor, muerto actos atrás, regresara a la vida imprevistamente abrazado a la protagonista o bien que surgiera un Noticiario Sucesos Argentinos en el medio de una trama interesantísima, ya de por si dificultosamente hilvanada entre los continuos y obligados intervalos.
Por ahí se deslizaba la proyección de un rollo sin rebobinar, con los personajes caminando para atrás y el audio desbocado en sonidos irritantes. La platea no se mostraba demasiado complaciente con estas desdichas y lo manifestaba de viva voz. Entonces aparecía una mano de Pedrucho fuera de la torturada cabina de proyección pidiendo calma a los plateístas, mientras trataba de solucionar el entuerto. Vuelto a la normalidad, el ronroneo del proyector aseguraba la prosecución de los arrumacos entre María Duval y Juan CarlosThorry ó cualquier otra figura de la época, cuyos nombres estamos olvidando en el tiempo pudorosamente, para no establecer relaciones con algunas actuales que andan almorzando por ahí.
El encargado de la Sede Social, a la vez gerente, manager publicitario y de marketing, boletero y vendedor de chocolatines en los entreactos era un español de pequeño porte apodado Miguelín. Este singular personaje vivía en una casilla ubicada detrás del local principal de la entidad y cultivaba con delicadeza artesanal una huerta de verduras y hortalizas. Por aquello de que mi viejo era integrante de la Comisión Directiva y siempre que el buen talante lo acompañara, Miguelín solía permitirme cortar pasto para mis conejos dentro de sus dominios y hasta me ayudaba a juntarlo, posiblemente para proteger a sus amados surcos hortícolas de algún pisotón de chico inexperto. El cine contaba invariablemente con un espectador insólito, una figura popular y magnífica, que ocupa el centro de muchísimos recuerdos pueblerinos. Puedo verlo en una noche invernal entrar pausadamente a la sala, llevando una estufa Volcán a kerosene en la mano, la que luego encenderá frente a su butaca de la primera fila. Además trae un libro bajo el brazo para dedicarse a la lectura, en actitud resignada y filosófica, durante los incontables entreactos y pausas imprevisibles.
Creo que el cine de Toay no tendría relieves de nota para la evocación si no hubiera registrado la presencia de Don Ramón Markraych en sus funciones nocturnas aplicando su espíritu inesperado y transgresor, dando vida a la fantasía pintoresca en medio de la tranquila platea de un cine de pueblo.
 
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