CUADROS DE UNA EXPOSICIÓN
Por: Rodrigo Fernández





El Darling



Por ahí andábamos disputándole el sol a las chicharras y a las mariposas amarillas, paseantes de la alegría compinchera por los veranos desocupados del colegio secundario. Hacíamos nuestro el centro de la calle para pasar revista a la movida pueblerina y el Darling andaba con nosotros,olfateando cuanta cosa no debía. Y nosotros andábamos con él.
Buen tipo, el Darling. Vaya uno a saber que embrollo genético le había fabricado un diseño medio estrafalario, como demasiado largo para su escasa altura, desgarbado, afectuoso, peludo,tierno, todo negro.
A modo de gimnasia de ficción teatral, contigo solíamos adjudicar sobrenombres a ciertos vecinos haciéndolos protagonistas de historias inverosímiles y asi despegarlos, por nuestra cuenta, de la monotonía de sus vidas de aldea. Como personajes predilectos, nos encantaban los paisanos de alpargatas, bombachas y pañuelo al cuello. Cuando veíamos venir a alguno, fichábamos un iden-ti-kit al instante : Bruce Ledesma - (47) - Jornalero - Señas particulares: patizambo - Estado civil: arrimado - cónyuge : Keith Ortiz - Hijos 2: Bruce Junior y Kathie...y apostábamos a que el bautizado Bruce nos devolviera nuestro atento saludo al cruzarnos, apretando alguna carcajada interior. Armábamos las historias al amparo de tu inteligencia, enorme y creativa, entrelazando personajes encarnados por inocentes vecinos: Brenda siente de caer su pasión por Gregory (la rutina, vió?) y sueña a menudo con Evert, sueno imposible porque Evert se muere por Rhonda. Brenda desearía hablar sobre el tema con el Reverendo Mac´Aulay, en la Escuela Dominical, pero no se anima... Parodiábamos así los relatos de una insoportable revista yanqui, traducida a la centroamericana, cuyos personajes eran siempre adolescentes cursando la preparatoria. El tema invariable, tan insulso como rosado, era el romance entre un John pobre y una Anne rica ó viceversa, situación lacrimógena é insoluble hasta que alguna abuela, ó tía, ó alguien se moría dejándole varios miles de acres en las colinas de Lake City, con ganado y rancho incluído, al John pobre. Ni corto ni perezoso, el John ahora rico buscaba a Anne, que estaba en la cafetería coqueteando con Bud , entre sodas y pastelillos. Ahí nomás partían raudamente en su descapotable blanco hacia la oficina del Juez Ihorne y de allí a la capilla en las montañas del reverendo Mac'Aulay, cuya bendición era el pasaporte para la felicidad en Lake City, los acres, el ganado... y nosotros pensábamos si a Brenda no le podía ocurrir lo mismo en Toay con el esquivo Evert.
En verdad, nuestras ficciones instantáneas tenían por ahí algún punto de la realidad, la que conocíamos puntualmente a través de la chusmeada local para nuestro consumo antojadizo y delirante, cuando nos atropellaba alguna sorpresa -la realidad supera a la ficción, es cosa sabida- era el tiempo de las ficciones clamando : Oh! c'est la vie... Regardezvous !!!
A cada rato le echábamos mano a nuestra incipiente filosofía en medio de sesudas elucubraciones y unos cuantos sonoros dislates sobre los tópicos en análisis. Nunca hablamos del futuro ni de proyectos a la distancia. El porque me lo explicaría el paso del tiempo, con la contundencia dolorosa de los hechos huérfanos de porqué, inexplicables entonces y ahora.
Con el grado de compinches en ejercicio, descubríamos y armábamos la estructura vital de la alegría. Aplicándole al ingenuo tiempo presente algunas gruesas pinceladas de ironía y desenfado afloraba tu especial encanto interior para inventar, desde la mas inocente transparencia, una carcajada estridente ante los desaguisados propios y ajenos. El cordón de la vereda era el palco para observar la vida transeúnte por las calles de arena, con el Darling sentado entre nosotros. los días festivos los paisanos desfilaban en traje de domingo. Solíamos analizar entonces ciertos rictus faciales y alguna que otra manifestación externa como consecuencia de la traumática sustitución de las habituaba alpargatas por crujientes botines acordonados. O por caso, la propensión a generar desequilibrios de algunos recién estrenados tacos altos, ya sea enganchados entre los ladrillos de las veredas ó indecorosamente hundidos en la arena. O por caso, aplaudir mentalmente el encomiable esfuerzo de una hilera de botones, aplicados sobre un vestido color fucsia brillante, tratando de frenarla expansión del exceso de kilogramos contenidos en su interior.
El pueblo de los horizontes en el infinito, prestaba generosamente su magia incomparable para que aquellos días dibujaran su imagen de colores, una imagen capaz de superar por siempre al mejor intento del lenguaje descriptivo.
Algún reloj nos marcó el tiempo final de un verano y aquel cielo breve que vivimos se fue cubriendo de nubes, de adioses y distancias. Al irme, para no olvidarme nunca de su esencia, he llevado conmigo la imagen del afecto mayor, definitiva y absoluta. La imagen de tu espíritu entrañable y único con el que jugabas a vivir, aún cuando sabías que el destino le había asignado una endeble fragilidad material para su transitar por las arenas.
Al tiempo me contaron que el Darling decidió partir antes. Es lógico. A él siempre le gustó estar esperándote, como cuando bajábamos del ómnibus en la esquina de tu casa, al regresar del colegio.
Me hace bien pensar que están juntos.
 
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