CUADROS DE UNA EXPOSICIÓN
Por: Rodrigo Fernández





Collage



Cuando uno se vuelve viejo, el futuro suele presentarse demasiado escarpado y finito para andar escudriñándolo. Es preferible entrar en la memoria y dedicarse a mirar los dibujos en el cuaderno del tiempo mágico pasado. Quienes tuvimos la suerte de vivir en Toay una época
irrepetible, podemos sumergirnos en el placer de ir recortando figuritas de cuento, habitualespor aquellos días, para conformar un collage risueño, sorprendente a veces, ingenuo y tierno siempre.

Una tarde de verano, parado en la esquina del boulevard que tenía eucaliptus con la calle que no tenía nombre y ahora es Urquiza, veo pasar ceremoniosamente una familia de corte very british, onda ancestralmente fundacional, cuyos integrantes visten de riguroso sport entre blanco y azul marino, con algún red touch para descontracturar la rigidez del todo. Faltan los acordes de pompa y circunstancia para completar el cuadro, casi pariente lejano de una películade historias coloniales con el Laurence de Arabia casco de corcho y el David Niven desparramando flema británica por la pantalla. Pero la cosa es en Toay y allá va la familia, brillando en la blonda juventud de la niña de la casa quien lleva, casi displicente, un cordel en su mano izquierda. Lo insólito es que en el otro extremo del cordel viene atado algo así como un guanaco, ó una llama, ó un cuadrúpedo similar como adornando al clan que camina hacia los médanos en donde el camélido ha de sacudir su estrés, provocado por algún encierro involuntario.
Regardez vous... que nivel !!!... pienso ahora con la mentalidad contaminada é impune que me ha regalado la edad provecta. En verdad es una escena digna de ámbitos coloniales, de cuando los súbditos de Su Najestad Real andaban disfrutando del Imperio entre dunas, camellos, palmeras y salones rococo. Lamentablemente esta versión criolla pierde algunos tantos, porque nunca serán lo mismo las arenas doradas del Laurence que los médanos de Toay ni tampoco es comparable un dromedario egipcio con un guanaco de Lihuel Calel. Junto a mi, también observa la escena Don Zambruno, quien deja caer su reflexión: -Las cosas no suelen ser como se presentan.
Yo no lo entiendo, pero la memoria anota la cita en su cuaderno, para encontrarle su explicación mas adelante.
Ha pasado cierto tiempo y en efecto, tenía razón el hombre. Un filósofo.

Tarde con noche próxima, en la farmacia de Don Emilio. Oscar y yo en la trastienda entre frascos desordenados, libros a medio leer y unas cuantas ideas, mucho mas desordenadas que los frascos.
Es invierno y oscurece temprano. Escasos clientes y mucho espacio para la charla en el salón, con dos parroquianos de los habituales alrededor de la estufa Volcán a kerosene. Aparece un tercero que viene desde la calle, muy abrigado, sobretodo oscuro, bufanda al cuello y pantuflas (?) grises a cuadros. La charla se anima y nuestro hombre de las pantuflas ataca su tema predilecto: la caza mayor. Cosa sabida es que los cazadores y pescadores se tornan grandilocuentes a la hora de valorar sus experiencias, pero este es un caso muy especial.
-Entonces me doy cuenta- dice -que el puma es de los cebados...y lo voy siguiendo por las marcas que deja en los caldenes cuando se afila las uñas... hasta que lo ubico. Con el poncho enrollado en el brazo izquierdo y el cuchillo en la mano derecha, lo encaro para que me ataque. Se me viene encima y en el primer intento le meto una puñalada en el pecho... Se me revuelve enfurecido y termino rematándolo con una entrada por el costado, entre la paleta y las costillas... A esta altura Don Emilio abandona el local y penetra en la trastienda, pálido de furia contenida. -No puedo soportar quesea tan... tan.... pero tan mentiroso!!!... Nosotros tampoco. A la historia del puma la hemos escuchado tantas veces, que ya tiene aplicada nuestra indulgencia. Plenaria.

El sistema de frenos del Ford modelo T no era gran cosa y lo mas efectivo para detener el vehículo era conectar la marcha atrás, con una maniobra precisa y sin concesiones. A raíz de esta particularidad de la máquina, sus usuarios solían padecer alguno que otro sofocón callejero.
Para sus recorridas habituales por las chacras, cierto carnicero del pueblo utilizaba su Ford T y su ayudante, en éste y otros menesteres del oficio, era mi amigo Ferreyra. Desde la butaca de acompañante de su jefe, Ferreyra llegaría a desarrollar, a la fuerza por cierto, una descollante especialidad atlética en los 100 metros llanos con obstáculos. En efecto, por las dudas el auto no frenara a tiempo, Ferreyra descendía del Ford T a la carrera unos cincuenta metros antes de cada tranquera, para poder llegar antes que el auto y abrirla. Cuando vehículo y patrón transponían el vano sin novedad, el atleta cerraba la tranquera y a lo gamo, perseguía al móvil hasta montar nuevamente en él y seguir el viaje. O sea una rutina gimnástica impecable del atletismo vernáculo, aplicada a las necesidades concretas y apremiantes.

Es posible la existencia de mejores paisajes para la impresión de imágenes, pero la quietud de la despreocupada adolescencia prevalece al armar un collage, tomando las pequeñas grandes cosas y su mágico realismo. Las cosas cotidianas y su simplicidad única sobre los horizontes planos de un Edén doméstico, de entrecasa. Lejano.
| Prólogo | La Cuna | Escuela 5 | El Cine Español | El Darling | Collage |

| Inicio | Contacto |

Subir
  Los textos, dibujos y fotografías que aparecen en este website están debidamente autorizadas para poder ser publicadas en el sitio. Quedando de esta forma prohibida cualquier reproducción sin el permiso explícito de los sus autores. © 2000-2008 COPYRIGHT