Tomás Domínguez


Yarará


De sólo pensar que comienzo a escribir, sobre este reptil, mi cuerpo se pone algo molesto, sensación de peligro, recuerdos de otro tiempo, cosas que nos calan quizás para siempre, no porque me haya mordido un bicho de estos, pero sí la tuve prendida en la bombacha, ella fue mi salvación.
Hago una pequeña reseña: cuando muchacho maté muchas víboras, pero un día cuando menos lo imaginé me pegaron ¡harto sustazo! (así dicen los chilenos) quiere decir un gran susto. Pienso que capté aquella lección, desde entonces no las maté, ni las mato. Sólo me dedicaba a jugar con ellas, es decir, me servían para ejercitar mi vista, mis reacciones y movimientos (vistear o canchar que se le llama) pero esto también terminó el día en que una de ellas me saltó, cosa que yo ignoraba.
No todas las víboras, por lo menos las de La Pampa, que conozco, tienen la habilitad de saltar. Cuán riesgoso seria uno de estos reptiles agazapado para arrojarse sorpresivamente sobre sus víctimas. Cómo nos moveríamos nosotros sabiendo que en el momento menos pensado este bichito se nos envuelve en el cogote mostrándonos su horrenda boca que al abrirla le asomen sus dos colmillos muy bonitos y curiosos, pero también sabemos que son mortales. No, no temáis ingenuo, la víbora es uno de esos seres que sólo se estira hasta donde le da el cuero, como dice el refrán.
Ahora bien: el yarará no admite bromas, es un enemigo constante de todo cuanto se mueve a su alrededor. Una precaución muy sabia es aquella que con suave viento Norte, cuando los pastos se mueven sus puntas y los yuyitos bailan, ese es el viento de los locos, por lo tanto del yarará, que en días así ni se mueve debido a las rabietas que se agarra. Se lo pasa tirando picotones. Cuando se da este estado de cosas, es generalmente cuando ocurre con más frecuencia las desgracias personales tan lamentables.
Creo que por equivocación también se la llama cascabel quizás por el ruidito que hace con a cola al golpear en el suelo, pero el pampeano neto a llama yarará. Tengo entendido que la cascabel es del Norte, Chaco, Corrientes y más Santiago del Estero, donde según cuentan los santiagueños, que allí los niños se crían jugando con cascabeles de cola de víboras, por eso son tan peliadores y malos todos ellos. ah! y si tiene sombrero puntudo es más malo el santiagueno.
No creo que la barda sea lugar propicio para estos reptiles. Yo vi una sola vez algo medio parecido entre La Horqueta y La Clara en 1927-28. Sostengo que el yarará está relacionada con la zona de caldenes o por lo menos ahí vine a conocerlos por los montes de Conelo año 1943-46. Todo empezó con un montón de leña cercano a mi toldo, pues trabajaba de hachero, en noches tormentosas
escuchaba cantar un pajarito, no podía saber qué pájaro era. Corno es de imaginar, entre semejante bosque también había distintas clases de animalitos volátiles.
Un santiagueño amigo de quien aprendí muchas cosas buenas, me dijo una noche: va a llover mucho, muchacho. Ah si ¿Por qué? cuando canta el yarará ¿cuál? ¿Ese pajarito que grita?. Sí es, es una víbora, cuando don Pelicano (un viejo carrero, que se parecía a este pájaro, estaba cargando la leña, fue a levantar una astilla bastante grande, alcancé a verla, le avisé al hombre que la mató a azotes con el látigo desde arriba de la chata. La verdad que es un animal impresionante. No debe medir mucho más de 60 centímetros de largo, su cabeza triangular de mandíbulas abultadas da la impresión de corno si estuviera injertada en una punta del cuerpo, además tiene una lista blanquecina a cada lado de la boca que al mirarla de frente, es decir, ella siempre te da el frente.
Parece como si le mostrara la dentadura en una mueca de satánica sonrisa. Ya muy rabiosa lanza una sucesión de picotones (mordiscos) muy veloces ya todo aquello que se mueva y su cuerpo se infla, parecido al escuerzo, pero no para arriba, más vale a lo ancho, al moverse deja oír un ruido como algo hueco que raspara en el suelo. Su cola cortita y gruesa termina en punta, es con ella con la que hace ese ruido tan peculiar al que tememos tanto, cristiano o animales. No es un ruido continuo, es algo como si fuese el preaviso del peligro que se avecina. Parece ser que al percibir algún ruido fuera de lo habitual hasta me atrevo a decir, cuando se trata de personas, ya se prepara para el ataque y ahí en ese ímpetu de rabia se estremece de modo tal que su furia termina en un temblar de cola, como si de ese modo descargara en algo su ira.
Aún hoy todavía no he visto huir a uno de estos animales, ni aún quemándolos, mueren, si, pero tirando picotones. Sabemos que su mordedura es mortal en 6 horas o antes, según casos de no mediar intervención médica o algún otro procedimiento drástico ya sea torniquete o succión.
Yo estoy casi convencido que hay sectores en ciertos lugares de los campos donde estos reptiles proliferan, no puede ser rara coincidencia que en lugares determinados se le aparezca Oria do ellas o se las ve el rastro, que hasta en eso difiere de sus congéneres. Además se sabe que donde hay una, se debe andar con gran precaución porque es seguro que cerca de éste, anda otra. Eso demuestra su propio medio de comunicación. También puedo asegurar que entre estos animales, hay unos más horripilantes que otros, quizás se trate de la diferencia de sexo como también puede ser uno mucho más viejo que otro. Parece que la única condición aceptable que posee, es que no trepa a los árboles. Pero sí habita en los troncos de los viejos caldenes.
No entiendo la razón por la cual Dios nos ha castigado con este enemigo siendo que se dice que nos ama tanto. Cierto es entonces lo de aquel refrán que dice: "hay amores que matan".
Como en el año 1 947 me encontraba trabajando en Colonia Emilio Mitre, un paraje situado allá entre los medanales al Oeste de La Pastoril. Segura una huellita de hacienda desde la tapera de Yancamil casi al atardecer, pensando vaya a saber qué cosa piensa el hombre solo, de esta meditación me sac
sorpresivamente la presencia de un yarará en el camino, que por supuesto no me esperaba de buenos modos. Yo muy correcto trato de pasar apartándome del camino, de todos modos la víbora aprovecha para tirarme unos cuantos picotones, no obstante segur caminando, luego me detuve pensando dos cosas, una: no había razón para que ésta me esperase allí de tan malos modos y segundo: dicen que trae mala suerte una víbora en el camino, o también podía estar con dolor de cabeza. Aquí viene parte de un cuento: Había una vez un perro muy enfermo, la víbora mal intencionada le aconseja comer pasto ¿qué ocurre? el perro hace arcadas y vómitos ah!. Luego está la víbora con un gran dolor de cabeza, el perro para desquitarse le dice: crúzate en una huella y verás que sanas. Lógico en el camino se la mata.
El caso es que ahí empezó un tira y afloje entre yo y el yarará, le tiro con una bosta de vaca ¡para qué! no paraba nadie su ferocidad. Aclaro que era una de esas víboras impresionantes, que rara vez se ven, pero que sí las hay. Al verla tan mala fui en busca de una carabina Diana 22 de sólo un tiro para lo que tenía que recorrer en total unos 500 metros, pensando que a mi regreso el yarará estaría ya en viaje hacia otro lugar.
Pero no fue así, el señor estaba esperándome debajo de las yaullin amargo, bien enrollado y en su posición propia. Le apunté a la cabeza, tal vez desde unos 3 metros de distancia, estaba seguro de pegarle en la garganta a lo convoy pero fue todo lo contrario, ni en la cabeza ni a la víbora. La bala pasa al medio de los rollos del cuerpo. Hago la siguiente aclaración: en esa época, con esa carabina a unos 6 pasos de distancia le pegaba a un fósforo.
De modo que terminé creyendo lo que se decía: a la víbora no les entra la bala, por supuesto hablo de la bala común de plomo. Ya a la altura de las circunstancias, el yarará parecía haberse propuesto tomar la iniciativa, estábamos en igualdad de condiciones. Yo prácticamente desarmado, sin nada cercano que sirviera para matarla, con más deseos de abandonar que de seguir la lucha. La víbora tomando esa tan fea forma de su cabeza, se agigantaba, parecía inflarse, haciendo sonar su cola, amenazaba con venir hacia mi. Mirándola detenidamente empecé a pensar con ideas de cristiano y con fallo salomónico: si este animal defiende tenazmente su vida, quizás sea lo único bueno que ella posee, nada mejor que no matarla iah! si no te mato le anuncio, pero eso sí te llevaré conmigo, admiro a los valientes.
Con un pedazo de cuerda de guitarra hice un lazo, lo coloqué en la punta de un palo de jarilla y sin más se lo puse en el cogote y salí con el yarará de tiro, que sin ofrecer mayormente resistencia, se entregó como paisano a la gripe.
Aquí viene la parte más tétrica que yo haya experimentado en mi vida con un animal de esta naturaleza. Lo metí en el vidrio de un envase roto de una damajuana de diez litros, con entrada de aire y todo, observé que no trepaba por el vidrio. La puse en un lugar donde yo permanecía el mayor tiempo de día y noche, es decir la casa donde vivía. Di en darle un nombre "Juancho". El primer tiempo lo puse en una pieza aparte y me tomaba el trabajo de tratar de asustarla a través del vidrio en cuanta oportunidad tenía para hacerlo. Sus reacciones, por supuesto, eran violentas con algunos picotones ¡a eso sí! siempre estaba en guardia 24 horas del día. No sé si duerme. Esto duró unos 20 días, luego comenzó a dar claras muestras de amansamiento, es decir cuando le hablaba conocía y no se enojaba tanto. Además quizás por necesidad se movía, buscaba alimento que yo le traía. Así fueron cayendo mariposas, saltamontes, otros insectos y leche. Y se movía, aparentemente sin temor. Pasado un tiempo no esquivaba.
Una noche entré al cuarto donde la tenía, al oscuro oí un ruido raro, prendí un fósforo y... la víbora no estaba en su lugar. ¡huyendo urgente el criollo!.
Al día siguiente la encontré moviéndose, como pancho por su casa, por el piso de la habitación. De ahí empecé a tenerle cierta confianza, de vez en cuando la soltaba para que tomara sol y se moviera un poco. También la lleve al lugar adonde yo dormía dos o tres noches seguidas, siempre dentro de la jaula por supuesto y tomando toda precaución y medidas de seguridad que este amigo enemigo requería, es decir, estaba siempre muy alerta por si éste trataba de sorprenderme.
Lo más que me llegó a sorprender y que me quedó muy grabado, es cómo cazaba los animales vivos que yo le ponía, impresionante el modo de cómo domina la situación con sólo apuntar la cabeza hacia la presa, sin mover el cuerpo. La víctima, de primera intención trata de huir, pero a los pocos segundos se aquieta y parece que perdiera toda noción del peligro. Esa es la oportunidad que aprovecha la víbora para deslizarse muy lentamente, aproximarse, tomando a su víctima en la posición conveniente que es la parte de la cabeza para ser engullida de punta. Agarra con la boca una sola vez, luego se nota que ésta comienza a dilatarse de modo muy desagradable e impresionante. La verdad que es un acto desconcertante y horroroso que a mi modesto y escaso lenguaje no lo pude detallar.
No sé decir el tiempo que conviví en compañía de este ser tan feroz y repugnante, pero fue de unos dos meses. En ese periodo creo que llegué a conocerlo y a conocerme pues estaba plenamente seguro que obedecía mi voz y respetaba a mi persona.
Una soleada tardecita, serena y apacible, es probable que a principios de otoño, porque recuerdo que de noche refrescaba, llevé al reptil a unos cien metros al Este con cierta inclinación al Norte de la casa en que vivía y allí lo puse en libertad y por última vez le hablé colocándome en forma repentina delante de él en dos o tres oportunidades repentinamente, no demostró alterarse en ningún momento. Mi última recomendación fue: "te perdono la vida, pero vos no debés atacar a nadie".
Pasaron algo así como 20 días o más cuando en "La Española" se armó un gran revuelo cuando doña Mercedes Morales fue mordida en la pierna, creo derecha, por un yarará que estaba a orilla del brocal del pozo del molino donde diariamente se iba en busca de agua.
Luego de atacar a la señora se dejó caer al pozo. Tratada en la emergencia con procedimientos propios del lugar "remedio indio" al día siguiente a la tarde recién pudo ser trasladada sin mayor apuro a Victorica, distante en ese tiempo unos 125 kilómetros. El médico verificó diagnosticó: sí, se trataba de una mordedura de víbora venenosa, pero el peligro habla pasado.
Ahora surge el siguiente interrogante: de ser el yarará que yo tenía, perdió veneno o no pudo inoculado. ¿Por qué razón la mordedura que recibió la señora no pasó de ser una terrible hinchazón con fuertes dolores y fiebre?. En el momento del percance, la víctima usaba medias. Se dijo que tal vez esa fue la causa por la que el veneno quedó allí. Suposición que no acepto, pues yo guardo un hermoso par de colmillos de varará que por su dimensión y estructura general los creo capaces de atravesar no sólo una tela de media, conozco casos en que quedan enganchados en la lonja del rebenque o en un palo que es mucho más sólida. Por lo menos en tres oportunidades he visto al yarará morder a un perro, por lo menos a mí no se me murió ninguno. Esto ocurre cuando el perro va rastreando entretenido, de lo contrario las evita con facilidad.
Conclusión: ¿Está dotado el perro, por naturaleza, de algún contraveneno? pienso que sí. Me han contado de perros muertos por mordeduras de yarará. Yo aclaro no haber visto a ninguno.
Aquí viene el cuentito para los niños: ¿Saben ustedes por qué todos los yarará son malos? No. Esto viene desde muy lejos en el tiempo, cuando Dios estaba creando víboras, por supuesto las hacía mansas y de variados colores ¡ah! un sueño ver tantas viboritas bonitas. En eso cruza una sombra negra y fea despidiendo un fuerte olor a azufre. ¿Saben quién era? el diablo. En un descuido, llamé a una de estos reptiles inocentes diciéndole tú, con ese color tan feo que tienes crees que no te pisará cualquiera, además no tienes con qué defenderte., si tú quieres yo te hago temible para todos y contra todos, hasta tu misma descendencia. Aceptada la propuesta, el diablo le puso los colmillos huecos con una bolsita de veneno en la punta. Diciéndole: tú seleccionarás la ferocidad de tus propios hijos de lo contrario perecerás. De ahí que la hembra pone cuatro huevitos de la que nacen 4 viboritas chiquitas, chiquititas, dos o tres días después de nacer, empiezan a moverse de un lado a otro del nido. De repente la cueva se llena de ruidos, golpes, azotes a las viboritas. De las cuatro viboritas dos presentan duro combate a muerte, las otras tratan de huir rara salvarse, pero la madre las mata, no queire hijos cobardes. Por esa razón todos los yarará son tan malos.


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